Cuna Inca
Tras el estrés de La Paz decidimos apostar por algo más tranquilo y más arqueológico. Nos fuimos a Copacabana (ojo Bolivia), al borde del lago Titicaca, para desde allí viajar a lo que, según la tradición Inca, es la cuna de su gran imperio: la Isla del Sol. Podeis ver una foto de Copacabana, ese bonito y tranquilo pueblo a orillas del lago entre dos pequeñas montañas, que no tiene mucho que ver con su homónimo brasileño.
Pretendíamos ir del tirón a la isla, pero las lanchas que hacen el trayecto sólo circulan por las mañanas en invierno así que tocó hacer noche en Copacabana...fuimos a un hostal donde pagamos 70 bolivianos, mas o menos 7 euros, por una habitación doble con baño privado (aunque la ducha caía literalmente sobre la taza del retrete), pero no nos podemos quejar, hasta tele por cable...es increible que en medio de tanta pobreza de lo primero que se preocupan es por el entretenimiento, este mundo consumista...Copacabana tiene mucho encanto turístico y debe ser la releche en verano...pero sobretodo tiene una catedral preciosa, medio morisca y con unos retablos impactantes....realmente impresionante, hasta ahora las iglesias nos habían dejado un poco desconcertados ya que habitualmente tenían más pinta de palacios franceses con sus frescos, que de iglesias. Aquí está Marta delante de la puerta de la catedral con los tenderetes de fin de semana.
Al día siguiente tomamos un barquito hacia la Isla del Sol, unas 2 horas de trayecto por el Titicaca hasta llegar al sur de la isla...que nos recuerda un poco a Cíes (sniff sniff). La llegada fue agotadora, subiendo los 205 peldaños de la escalera del Inca con las mochilas a la espalda, un sol de justicia y los casi 4000 metros de siempre (creímos morir).Fueron dos días de caminata intensa pero muy diferente...
El primer día fue freestyle, subiendo montañas ayudados por las terrazas de cultivo que nos servían de peldaños. Coronamos un par de puertos de primera clase desde los que se dominaba prácticamente toda la isla y donde las vistas hacían merecer la pena el esfuerzo invertido.El segundo día seguimos los caminos que llevan a la parte norte donde se encuentran los principales restos arqueológicos Incas...una pateadita de unas 8 horas monte arriba monte abajo con Marta en plan Indurain dopada claramente por las hojas de coca. Las ruinas Incas desde mi punto de vista fueron un pequeño bluf, mal señalizadas, mejor dicho NO señalizadas y bastante destruidas. Marta con su marcada pasión por las piedras antiguas estaba encantada correteando por las ruinas mejor conservadas de Chinkana que poseen un palacio de laberínticos pasillos por los que se lo pasó pipa perdiéndose un rato.
Además de estas ruinas había un pedrolo enorme al que llaman la Roca del Puma (Titi Kharka: en Aymara, de ahí el nombre del lago) donde se supone que nacieron el Sol, algunos dioses y en definitiva donde está el origen del pueblo Inca. Parece ser que si miras bizco desde el suroeste después de un par de piscos ves un puma agazapado...yo no lo ví. Aparte de eso había una mesa muy preparadita donde yo pretendía tomarnos nuestros sandwiches hasta que observamos una cusiosidad inusitada por los demás turistas...resulta que era la mesa ceremonial donde sacrificaban animales y personas en tributo al Sol... glups.
Ya de vuelta en tierra, nos embarcamos rápidamente en un bus hacia Perú que hacía una paradita en Puno antes de seguir hasta Cuzco. En ese intermedio, mientras me quedaba plácidamente descansando en el pueblo, Marta se fue a visitar las islas flotantes de los Uros, una comunidad indígena que lleva 600 años viviendo en el Titicaca en islas artificiales que ellos mismos fabrican de totora, si, la planta con la que Quitín Muñoz construía los barcos con los que intentaba atravesar el pacífico. Aquí vemos un par de imágenes de una de esas islas con sus siempre coloridos habitantes, y otra de un paseo en barca de totora...si Quitín lo hizo, y vive de eso todavía...nosotros también podemos.
Besos para todos desde Perú.

