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viernes, 2 de noviembre de 2007

Rumbo al Sur

Un poco por cabezonería y otro por curiosidad decidimos seguir hacia el Sur, que ya poco quedaba. El primer paso fue sin movernos de Chile, la ciudad de Punta Arenas, la ciudad más meridional del terreno continental americano. Se trata de un puerto a orillas del Estrecho de Magallanes que vivió su esplendor hasta que fue abierto el canal de Panamá y desviado el tráfico marítimo. Hoy es un lugar tranquilo, aunque bastante grande, a 12247 km de Madrid como reza el casposo cartelito.



Allí disfrutamos, desafiando temperaturas bastante extremas para nosotros, de puestas de sol increíbles, pues desde mi punto de vista el sol brillaba de una manera especial, coloreando las nubes de tal manera que te quedarías horas mirándolas y fotografiándolas si no temieras perder el dedo del disparador por congelación.



También visitamos una colonia de pingüinos magallánicos en el seno Otway, no era la mejor época porque la mayoría estaban cuidando de los huevos en sus nidos, así que pudimos ver sólo a los más irresponsables con sus quehaceres familiares, unos 30 o así, lo que para nosotros no deja de ser un montón.



De Punta Arenas nos embarcamos en un bus hacia Ushuaia, para ello tienes que cruzar en ferry el Estrecho de Magallanes, donde el fuerte viento interrumpe el servicio en ocasiones durante horas. Nosotros tuvimos suerte porque no nos tocó esperar mucho,aunque eso sí, casi salimos volando.



Una vez en la isla de Tierra de Fuego no tardamos en cruzar la frontera para entrar de nuevo en Argentina. Lo más sorprendente del paisaje fue pasar, en no muchos kilómetros, de desiertos esteparios a montañas verdes cubiertas de nieve y salpicadas de preciosos lagos.



Finalmente, tras 12 horas de viaje desde Punta Arenas, llegamos a Ushuaia. Ellos dicen que es el fin del mundo, pero no es más que un slogan publicitario. Más al sur, un grupo de islas pertenecientes a Chile componen el punto más meridional antes de la Antártida, pero llegar a ellas no es sencillo ni barato, así que con Ushuaia nos hemos conformado.

La ciudad se encuentra a orillas del canal Beagle, en la falda de unas montañas que la convierten en un pequeño San Francisco por sus cuestas. Puede llegar a decepcionar por su aspecto, ya que aún siendo un lugar tan remoto, sus calles comerciales y sus caras tiendas de ropa de montaña le hacen pensar a uno que ha llegado hasta aquí para encontrarse en Andorra. Eso fue lo que nos dijo una mujer de Girona que conocimos.



Aún así tiene claramente un montón de encantos. Nos dimos un paseo a bordo de un barquichuelo por las islas del canal. En algunas, debido al clima, se encuentra una vegetación que sólo habíamos visto en el altiplano boliviano y que normalmente no existe al nivel del mar. También hay islitas habitadas por leones marinos y cormoranes imperiales. En la foto, el que levanta la cabeza es el león macho rodeado de sus mujeres (son polígamos) y un montón de cormoranes que se pasan el rato trasportando algas para hacer sus nidos. Otra visita obligada es al faro de Ushuaia (que no es el que Julio Verne inmortalizó en su novela pero es bastante bonito).



También en algunos lugares de la zona se pueden ver restos, casi nada, de los antiguos pobladores de la región, los indios Yámanas. En un interesante museo aprendimos un montón sobre estas sorprendentes tribus nómadas que navegaban por los canales en búsqueda de alimento y que vivían estrechamente relacionados con el agua. Eso hacía que fuesen casi desnudos, pues la ropa tardaría más en secar que su piel cubierta de grasa de animales marinos. Luego llegó el hombre blanco y creyendo que estos "bárbaros" necesitaban educación además de algo con que vestirse, revolucionaron su forma de vida provocando, como tantas otras veces, la extinción de la raza...

Otro elemento crucial en la vida de todas estas tribus (Yámanas, Onas, Alakalufes y Haush) era el fuego, por razones obvias dado el clima de la zona. Fueron las hogueras que estos pobladores mantenían encendidas de manera permanente (e incluso transportaban a bordo de sus canoas), las que hicieron que Fernando de Magallanes bautizara a este lugar como Tierra de Fuego.

Hacia el final de nuestra estancia quisimos visitar el Parque Nacional Tierra de Fuego. La idea era recorrer sus bosques, turbales y lagos donde habitan gran variedad de aves y castores, pero la cosa pintó mal cuando se puso a llover. Nuestro recién amigo Ricky (de León) no llevaba la indumentaria más adecuada así que decidimos regresar al refugio. La decisión no pudo ser más acertada porque cuando, ya en el bus, volvíamos a Ushuaia, se puso a nevar tan fuerte como no había visto en mi vida. En cuestión de una hora el parque se cubrió con una capa de nieve que entusiasmó a todos los fotógrafos, pero dábamos gracias porque no nos hubiese pillado en medio de una de sus rutas.



Por último, como no hemos probado mucha comida nueva (a excepción del Pejerrey, que hemos descubierto que sabe a rapante, o gallo para los madrileños), un par de curiosidades. La primera este cruceiro (gracias Quique) que me encontré en la plazoleta de Galicia, en Ushuaia. Va a ser verdad que estamos en todas partes. En latín, gallego y castellano, una inscripción decía: "Galicia brilla en este Fin de la Tierra", madre mía ¡¡qué morriña!!.



La segunda curiosidad, el número de españoles por metro cuadrado que se encuentran de visita en Ushuaia. En nuestro hostal conocimos a un buen montón: Beatriz, Miguel, Ricky y Jon. Con ellos y gente de otros lugares sobrellevamos las frías noches fueguinas a base de conversación y cerveza local. Y por fin, tras muchos años intentándolo, Juan consiguió jugar el enredos!! Lo malo es que le tocó al lado de Max, nuestro rastafari favorito del hostel...creo que esa no era la idea ¿no?. Sin comentarios.



Esa ha sido nuestra pequeña aventura por el "fin del mundo", en breve os hablaremos de nuestro inminente cambio de continente. Besos a todos.

martes, 23 de octubre de 2007

Ruta 40

A partir de aquí comenzó nuestra aventura por la "mítica" ruta 40 a bordo de nuestra Toyota Hylux. Se trata de una carretera mayoritariamente de ripio ("Casquijo que se usa para pavimentar" según la RAE), que atraviesa buena parte de Argentina y de la Patagonia interior de norte a sur, más o menos pegada a los Andes.

Las guías asustan bastante a todo aguerrido automovilista que se atreva con ella: llevar extras de repuestos, gasolina y comida; no abrir las puertas con el viento en la espalda (no sería la primera puerta que sale volando según Avis)... Creemos que no exageran en absoluto, km y km de paisaje estepario sin más vida humana que pequeños pueblos de aspecto bastante desolador. En un tramo hicimos una recta de 50km, no mentimos, 50 km en línea recta, que no sólo ponían a prueba la pericia de Juan, el nuevo Sainz de las llanuras patagónicas, sino también su paciencia (y la del resto).



La primera noche fue en el pueblo de Los Antiguos, en plena cordillera, junto al bonito e inmenso lago Buenos Aires (uno de tantos que vimos esos días). Tan grande era, que su oleaje nos recordó a todos la playa de Patos. Extraño fenómeno para un lago ¿no?. Hicimos sólamente una pequeña parada técnica, para dormir y revisar la camioneta. Aquí vemos a un local en plena faena bajo nuestra atenta e interesada mirada. (El ingeniero del plan del 57 y el del 93 mirando...y la otra fotografiando la jugada).



Volvimos al ripio con determinación, ya estábamos acostumbrados a la ausencia de vida humana, pero aun así nos sorprendió contar unos 300km sin ver a NADIE. Sólamente guanacos, caballos, vacas y ñandúes, que son como las avestruces y corren que se las pelan (por eso en la foto no salió muy favorecido).



Intentamos dormir en una estancia, una de esas casas de campo en medio de esa nada desértica que alojan a los viajeros de la ruta, pero los precios suelen ser elevados, por eso de que "o duermes aquí o duermes ahí fuera al raso". Menos mal que finalmente nos dió tiempo a conducir hasta El Chaltén, con una oferta hotelera más variada. La llegada, al atardecer, fue espectacular como podéis ver.



Este pequeño pueblo se encuentra también al pie de la cordillera, y es famoso por estar a pocos km del cerro Fitz Roy, meca de muchos valientes escaladores. Como os podréis imaginar... no fue nuestro caso. Nos limitamos a recorrer, en el tiempo que teníamos, los montes cercanos. Disfrutamos de unas magníficas vistas de las montañas, lagos y glaciares de la zona que es de una belleza espectacular. Aquí uno se siente un intruso en medio de la naturaleza, que se muestra con una fuerza un tanto desafiante. Fue una auténtica lección de geología práctica. El pico que sobresale entre las montañas, es el Fitz Roy al amanecer, cuando salimos del hostal, y os lo ponemos al lado ampliado para que disfrutéis con la visión de tan singular cerro.



Pusimos a Quique en un pequeño aprieto cuando, intentando llegar al mirador del glaciar Huemul, lo metimos con sus zapatos de paseo por un camino que poco a poco se fue llenando de nieve y hielo. Menos mal que la cosa salió bien, y aunque tuvimos que dar vuelta, volvimos todos enteros y sin magulladuras. Aquí veis a padre e hijo en pleno y sincronizado descenso.

El último tramo de ruta fue bastante pequeño desembocando en el pueblo de El Calafate, punto de partida de las excursiones que visitan los glaciares del lago Argentino. En un barquito, que nos costó su peso en oro, recorrimos el lago. De entrada nos sorprendieron los enormes icebergs que flotaban a lo largo del lago, resultado de recientes desprendimientos en uno de los glaciares.

Los glaciares, aunque al final del día acabas un poco harto de tanto hielo, son un auténtico espectáculo. Enormes lenguas de nieve compactada, de un azul impresionante (fruto de la mayor o menor compactación del hielo), que descienden por las montañas y acaban sobre el lago formando imponentes murallas. El Upsala, el Spegazzini, y como no el Perito Moreno fueron los más impresionantes. De este último lo mejor fue su continuo movimiento (crujidos, desprendimientos) que nos tenía a todos en vilo esperando la caída de algún enorme pedazo. El estruendo que se producía era como un trueno.

Aquí tenemos dos fotos, una es del glaciar Upsala y la otra del Perito Moreno, pero como veréis esa no es la única diferencia. Si, ya tocaba, Juan se ha vuelto a afeitar (ooooooh!!).



Como nota culinaria, y por increíble que parezca a estas alturas, vamos a hablar del bifé. Del bifé de chorizo concretamente, que equivale en españa al entrecot (ya sabéis que aquí los cortes se hacen y llaman diferente). La razón es que fue en un restaurante de El Calafate donde nos tomamos el más sabroso de los bifés (y nos hemos tomado bastantes) de Argentina. Acompañado como siempre de buenos vinos y golosos postres.

Por último despedirnos de Maripi y Quique, que fueron unos excelentes compañeros de viaje y emprendieron ya su vuelta a España desde El Calafate. Creemos que han disfrutado mucho estos días, algo de frío han pasado, pero han soportado la nieve y el polvo del camino con gran estoicismo (Quique a escobazos con su mochila intentando que recuperase el color original) :)

¡Gracias por la visita!

Galeses Perdidos

Después del tango y la metrópolis necesitabamos volver a disfrutar nuevamente de un poco de naturaleza, y para eso pocos sitios mejores que la región de los lagos, muy cerca ya de la Patagonia argentina. Fina, tenemos nuevas fotos de Martiña y para desquitarnos de las perdidas le hemos hecho muchíisimas, también como os podréis imaginar, he tenido que practicar la inclinación correcta y la nueva incidencia de luz para hacernos "nuestra foto" pero con la cámara de Marta (casi le tengo pillado el truquillo).



Para comenzar el viaje volamos hacia San Carlos de Bariloche donde, para recorrer estos preciosos paisajes por el interior y no morir en el intento, hemos alquilado un 4x4 para que nos lleve hasta El Calafate, nuestro destino final. Pillamos una pick-up muy americana pero con un par de detalles muy graciosos que desconocíamos: primero, el maletero no puede ser cerrado con llave, esto nos obligó a estar pendientes del coche si teníamos las maletas dentro, y segundo, al estar el equipaje tapado por una lona, en el traqueteo del viaje se tragaba una cantidad de polvo patagónico difícil de describir...digamos que todas nuestras maletas eran de color tierra. Como podéis observar en la foto sería una pick-up americana pero con un toque ben galego...non?



Desde Bariloche una de las excursiones más bonitas es recorrer la ruta de los siete lagos que une la ciudad con San Martín de los Andes, así que...allá nos fuimos los cuatro aventureros. El día tocó un poco nublado, sin restarle esto encanto al recorrido. Vimos lugares curiosos, como por ejemplo el "Arroyo Partido", un arroyo que se dividía en dos en el lugar donde estábamos, yendo a parar uno de sus "hijos" al Pacífico y el otro al Atlántico. Era fascinante pensar en una gota de agua que llega a ese punto y por escasos milímetros pueda terminar en sitios tan diferentes...muy bucólico.



También vimos unos árboles llamados "arrayanes" que tienen un color canela espectacular, conservan una temperatura interna muy fría y sobre todo destacan por su delgadísima corteza que tiene un tacto sedoso. Para terminar, visitamos lo que para mi fue la estrella del día, el "Valle Encantado" un lugar de cuento al que la luz de final de tarde y la niebla le iban como un guante.



Otro día con mejor tiempo nos centramos en los alrededores de Bariloche en lo que se denomina el "circuito chico". Subimos con un telesilla al cerro Campanario para tener una vista general de los valles y la verdad, es como si te teletransportases a Suiza: montañas nevadas, lagos azules, bosques frondosos y verdes... para quitarle a uno el hipo...sino ya me diréis por vosotros mismos. La foto con el reflejo en el lago está hecha en el lago escondido...hacen bien en esconderlo, menudo lugar!!




Dejamos Bariloche para entrar ya en la parte norte de la Patagonia... concretamente en Trevelin (del Galés, TRE: Pueblo y VELIN: Molino), donde, aunque parezca casi irracional, se encuentra una gran comunidad de galeses que terminaron formando este pueblo y mantienen aún parte de sus costumbres como por ejemplo, el "té gales": De todo, té, scones, pasteles de manzana, mermeladas, quesos, tostadas...un té para cada dos personas es suficiente.

Con base en Trevelin pasamos unos días visitando la zona, uno de los "must" era la visita al Parque Nacional de los Alerces que cuenta con unos ejemplares de este árbol que datan de hace 2600 años!!... es alucinante pensar que ese "abuelo" que véis en la foto lleva ahí desde antes de Cristo, de pie, impertérrito, viendo paciente el tiempo pasar y creciendo un milímetro de diámetro por año. Intentaron derribarlo para aprovechar su madera de gran calidad pero al ser un lugar tan inaccesible desestimaron su tala por no poder luego llevárselo con bueyes y vadeando ríos...gracias a diiio.



Luego tuvimos uno de esos días especiales en los que no esperas ver mucho, el típico día un poco de relleno hasta el siguiente punto planeado...como tantas veces sucede ese día fue para mi el mejor de toda esta serie. Vas sin expectativas, con todos los sentidos alerta desde el principio para observar con más detenimiento cualquier cosa, ya que no tienes que llegar a ningún sitio, sólo disfrutar del momento...toda una enseñanza.

En ese día estuvimos en una comunidad "Mapuche" que vive a orillas del lago Rosario, un lugar idílico si dejamos de lado el viento que reinaba. Nos mostraron sus artesanías y compramos unas cuantas...como tantos otros pueblos indígenas sudamericanos, al perder sus tierras y su entorno, su medio de supervivencia principal dentro de esas "comunidades" o "reservas" es la artesanía que fabrican para el turismo...una pena.



Para finalizar el día conocimos a un auténtico personaje, un ex-franciscano que tras dejar la orden, se casó y con su mujer se fue a una pequeña granja donde fabrican unos ahumados exquisitos...con deciros que a Marta le gustó la trucha ahumada ya tenéis una buena medida. Él no tenía desperdicio, con su visión de la vida y con una cultura que se intuía en cada una de sus frases. Os mostramos su huerto de hierbas aromáticas y el lema de su trabajo que traducido vendría a ser "Al cielo por la vía difícil".



Como nota gastronómica, os vamos a hablar del cordero patagónico...un plato típico de esta zona y que se parece enormemente a la "festa do carneiro ó espeto" de Moraña (¿te acuerdas, Ja?). Esta vez no fuimos a un restaurante ya que el personal del albergue donde estábamos alojados "La Casa Verde" nos ofrecieron acompañarlos en una cena allí mismo, aceptamos y por supuesto fue un gran acierto. Cordero, empanadas, vino, conversación, risas, anécdotas de un ex-puma que también estaba en la cena (al fondo en la foto)...vamos, una hermosa noche. La recomendación del albergue es esta vez imprescindible y apoyada por dos generaciones diferentes. Gracias a Pablo, Charlie y Viviana por su hospitalidad, profesionalidad y el trato familiar.



Desde aquí en breve empieza la RN40 de verdad...pero eso ya es otra historia. Besos a todos y en especial a Juan y Patri, los nuevos Papis...FELICIDADES!!